29 de desembre, 2000

Catalanismo en tiempos de globalización

No hay duda de que Cataluña es hoy un escenario privilegiado de las demandas de acomodación nacional en los estados europeos. Por esto, los diferentes intentos de reformular el catalanismo político resultan especialmente interesantes también fuera de nuestro país.

Los veintidós años de Generalitat restablecida han servido para marcar unos mínimos compartidos en Cataluña: libertad política y autogobierno con Estatut. Incluso el PP catalán, procedente de una tradición distinta del resto de fuerzas políticas del Parlament, se refiere en algunos de sus nuevos documentos a los derechos colectivos de la ciudadanía catalana, asumiendo así el derecho al autogobierno.

Más que una obviedad, esto es la base que permite plantear si la acomodación de Cataluña en el marco estatal español es o no la idónea. Y plantear la acomodación de un colectivo nacional dentro de un estado es admitir, aunque sea implícitamente, la posibilidad que ésta no llegue a resolverse favorablemente.

El catalanismo político –ideología basada en la idea que la comunidad política catalana tiene derecho al autogobierno–, en sus distintas formas (autonomismo, converso o no; federalismo más o menos preciso; y independentismo europeísta), coincide en que España no puede considerarse una unidad nacional homogénea, sino que contiene comunidades nacionales como la catalana con derecho a autogobernarse.

Partiendo de este mínimo compartido, el catalanismo debería tener en cuenta el nuevo escenario político que supone la globalización al repensar sus rasgos de identidad, su propuesta política para la sociedad y sus posibilidades futuras de articulación, si no quiere plantear soluciones obsoletas.

La globalización presenta un escenario nuevo que entremezcla distintos ingredientes. Uno de ellos es la dificultad del poder político democrático para gobernar el mercado global, cuestión que comporta un aumento de las desigualdades sociales. Otro ingrediente es la renuncia de los estados a mantener tanto su soberanía y unidad cómo su cohesión cultural tras la impermeabilidad de sus fronteras.

A su vez, el reto que plantea la globalización es doble: cómo universalizar los logros sociales de las democracias liberales; y cómo hacerlo acomodando la pluralidad cultural de las mismas. Se trata, a mi entender, de dos retos en uno, que no debieran tomarse por separado porque ambas preguntas –cómo se gobierna lo económico y dónde reside el poder político– confluyen en la necesidad de crear un nuevo marco, ahora global, donde puedan convivir justicia y libertad.

Por todo esto, el catalanismo político se haría un pobre favor si intentara reformular sus propuestas sobre la base de parámetros ya antiguos. Tiene que tener en cuenta nuevas circunstancias como la interdependencia estatal de las políticas exterior, económica y de defensa; y elaborar alternativas a las estructuras internacionales que substituyen la democracia de los ciudadanos por la democracia de los estados –como es el caso europeo–, cuando no por las recetas de técnicos cualificados –como sucede en el FMI y el Banco Mundial.

Y es que si éste nuevo escenario pide un esfuerzo imaginativo a la ciencia política, vinculando teorías del Estado de bienestar y teorías del multiculturalismo, a su vez también pide a los actores políticos el esfuerzo de plantear nuevas soluciones en el ámbito global. Un esfuerzo que en el caso catalán podría aportar además nuevas soluciones a los interrogantes de las sociedades culturalmente plurales.

Article inèdit

12 de desembre, 2000

El reto doble de la globalización

Con el desarrollo de la “globalización”, éste nuevo marco de relaciones económicas y sociales de nivel mundial, han entrado en crisis algunos de los identificadores de las democracias liberales extendidas en todo el mundo en los dos últimos siglos: la capacidad del poder político democrático de gobernar el mercado y, también, la capacidad de los Estados de mantener tanto la impermeabilidad de sus fronteras como su soberanía y unidad.

De hecho, los Estados donde se desarrollaron las democracias liberales consiguieron unos logros que hoy están en falso. Pongo tres ejemplos de ellos: el marco cohesionado garante de derechos sociales; la soberanía que tiene en el pueblo el máximo decisor; y la pervivencia de una determinada manera de ver el mundo.

La creación de un marco cohesionado, donde se daba la solidaridad del grupo para garantizar los derechos sociales de toda la comunidad, fue el logro que posibilitó el Estado del bienestar. Con la globalización, el marco pasa a ser más amplio –porque, como en el caso europeo, supera la nación–, las diferencias entre ricos y pobres más marcadas –riberas norte y sur del Mediterráneo– y la cohesión más relativa –por el multiculturalismo que generan las nuevas migraciones.

También fue un logro el establecimiento de un poder político surgido de la ciudadanía, representante de la máxima soberanía nacional mediante la participación democrática. En el nuevo escenario, la noción tradicional de soberanía ha quedado invalidada, y ni en política económica, ni en política de defensa, ni en política exterior, por poner los tres pilares de la soberanía, tienen hoy los Estados la última palabra: la han cedido a nuevas instancias muchas veces sin legitimidad democrática.

Y un logro supuso estructurar un modelo de comunidad política donde los elementos que identifican a la colectividad –lengua, cultura, símbolos,...– pervivieran en el tiempo si se mantenía la soberanía nacional. En cambio hoy, por una parte, la universalización del inglés en las nuevas tecnologías, así como de un determinado modelo cultural melting pot de raíz americana, pone en alerta hasta una cultura y lengua antaño tan poderosa como la francesa. Y por otra, las demandas de reconocimiento de naciones no acomodadas y de minorías culturales incomodan esa pervivencia antes garantizada.

La consecuencia más relevante de estos tres logros fue conseguir un espacio de convivencia justa en paz, porque las democracias liberales separan los poderes garantizando el cumplimento de la ley. No puede haber opresión, no puede haber injusticia social, no puede haber coartación de libertad. Y si las hay, la ley tiene que imponerse. Pero aún así, quedó un hueco por resolver: la regulación del reconocimiento y del autogobierno de las pluralidades culturales, un hueco provocado por la idea, hoy cada vez menos defendida, según la cual el Estado sería neutro en materia cultural –olvidando que decide lengua, símbolos, currículo escolar y ordenación territorial, por poner algunos ejemplos.

Pues bien, creo que el reto que nos plantea la globalización es doble: cómo universalizar los logros sociales de las democracias liberales, y cómo hacerlo acomodando la pluralidad cultural. Se trata, a mi entender, de dos retos en uno que no debieran de tomarse por separado, porque ambos –cómo se gobierna lo económico y dónde reside el poder político– responden a la necesidad de crear un nuevo marco, ahora global, donde puedan convivir justicia y libertad.

Article inèdit

22 de novembre, 2000

Quan la por t’envaeix

A la ràdio del taxi que em porta a casa una dona parla, en passat, de l’Ernest Lluch. El conductor em confirma la notícia: acaba de ser assassinat. No m’ho puc creure. És la primera persona a qui coneixia que és assassinada. Tan sols fa dos anys que vaig tenir l’Ernest Lluch de professor en un postgrau sobre teoria social moderna i ara no em sé fer a la idea que hagi estat assassinat per una acció terrorista.

És el primer cop que escric sobre això des de fa molts anys. No fa tant de temps que al nostre país encara es justificaven els atemptats que acabaven, de manera covarda, amb la vida de persones que tan sols havien defensat les seves idees amb paraules. I dins el taxi, em ressonaven al cap les paraules de Bertolt Brecht: «...quan em van venir a buscar a mi, ja va ser massa tard». I és que la cadència dels assassinats està generant una macabra rutina de denúncia que va perdent força a mida que la suma cada cop més gran de cares desaparegudes, públiques o anònimes, ens dificulta l’empatia...

Però l’assassinat de l’Ernest Lluch, per a mi, vol dir moltes coses, i és aquí quan m’arriba la por. Vol dir que tampoc el catalanisme ampli, aquell espai on convivim els qui ens sentim hereus de l’Assemblea de Catalunya, no s’escapa de l’objectiu de la barbàrie. No hi ha cap clatell que no corri risc. I em marejo de pensar en tants amics que, pel sol fet que han volgut que la seva vida tingués una vocació de servei públic, avui són un objectiu possible.

Ja fa anys que en Josep Lluís Carod-Rovira va fer a l’Avui aquell article titulat «Via fora, criminals!». Era el 1987. Els anys han passat, i des de l’òptica independentista i progressista el títol es manté plenament vigent. Més enllà del debat sobre el problema de la situació basca, avui em colpeix el problema de la manca de valor de la vida humana. Quin sentit té, la mort de l’Ernest Lluch, si és que alguna mort té sentit?

Quan la por t’envaeix, quan t’imagines l’atonitat de trobar-te, com en Lluís Foix, que l’amic amb qui vas sopar ahir avui ja és mort per un tret al clatell, voldries agafar el telèfon i no parar de trucar a tots els amics, diputats de tots els grups del nostre parlament, regidors, càrrecs polítics i associatius. I els voldries trucar per dir-los que, per sobre de tot, hi ha l’afecte personal que ens tenim, i la convicció compartida que l’haver optat pel compromís públic dóna un sentit a la vida.

Els noms cauen com una pluja de meteorits, i m’adono que la llista és massa llarga. Però malgrat que s’acabessin tots els del cel, encara ens quedarien llàgrimes per plorar de ràbia pels qui ens han deixat abans d’hora, braços per seguir la seva feina de compromís amb la col·lectivitat, i dignitat per defensar, davant de tot, el preuat dret a la llibertat. El dret a la llibertat que dos trets covards li han pres, aquesta nit, a l’Ernest Lluch.

Publicat al diari Avui

01 d’octubre, 2000

Quan els grans ens deixen

En els darrers onze mesos he viscut la mort primer del meu pare i després de la meva àvia materna. De petits, els éssers humans som molt dependents, i els pares i els avis fan la funció d’obrir-nos la porta a la interpretació del món. Ens donen un codi de comunicació, ens transmeten una escala de valors i ens ubiquen en una col·lectivitat. Tot això des de l’afecte i la protecció. A mida que creixem, adoptem o ampliem el codi de comunicació, transformem més o menys la nostra escala de valors i acceptem o variem la col·lectivitat de pertinença. Però la base és sempre la que ens remet a la infantesa.

Quan els grans ens deixen, totes aquestes obvietats retornen amb insistència. Més enllà del xoc afectiu, la distància ens permet veure el sentit que els qui ja no hi són han donat a la vida i què de tot això ha quedat en nosaltres. La marxa dels grans ens obliga a fer-nos les preguntes sense esperar les seves respostes.

Com que cap civilització humana s’ha escapat de la vivència de la mort, totes l’han tractat des de la sorpresa del desconegut. Moltes han volgut creure que qui mor encara hi és, amb celebracions fúnebres destinades a acompanyar-lo en el nou camí. Les piràmides egípcies en són una mostra monumental. La tradició més laica tampoc no se n’ha escapat, i ha honorat la memòria dels morts amb el desig de perpetuar com a model una existència que no ha estat en va.

Les col·lectivitats tenen en els morts més rellevants elements de cohesió. A Barcelona n’és un exemple l’estàtua del doctor Robert, erigida per subscripció popular a la plaça de la Universitat i ara mig amagada a la plaça Tetuan. (Com ho està, per cert, la del president Companys, que resta recordat per una petita i discreta escultureta. No crec que cap capital europea a qui li haguessin matat el president del país en guerra l’hagués honorat amb més vergonyosa discreció).

Els grans que ens deixen als de la meva edat són els que han viscut els trasbalsos d’aquest segle vint. Se’ns mor la memòria d’una Renaixença que enaltia els sentiments, la de la primera gran confrontació mundial i la d’un Noucentisme que va demostrar la força de la voluntat. Ens deixa la memòria d’aquell rei cametes que va avalar la primera dictadura del segle. Se’n van els qui van viure la mítica república, la virtualitat d’un país normal que podia haver estat i no el van deixar ser.

Ens deixen els únics grans que tenim que van viure la confrontació interna i externa del 36-39, que van viure la mort dels altres, l’exili i la brutal repressió. Se’ns moren els qui ens poden parlar d’allò que només coneixem pels llibres, i els qui ens reclamen, com feia Walter Benjamin, que no oblidem que la història es deu als qui ja no hi són.

Els nostres grans van triar una llengua per parlar-nos, van optar per uns valors cívics en què educar-nos, ens van donar un imaginari col·lectiu on ubicar-nos. Quan ara ells marxen, alguna veu ens diu que nosaltres haurem de començar a aprendre a ocupar el seu lloc, amb el goig de saber que hem pogut conviure amb la seva maduresa.

Publicat al diari Avui

24 de juliol, 2000

Más política, y no menos, para construir Europa (Escrit amb Toni Comín)

La reciente cumbre informal de gobernantes de centro-izquierda de varios países del mundo en Berlín, el pasado mes de junio, mostró el inicio de una toma de postura global y activa por parte del mundo político ante el proceso de globalización económica, al cual por ahora cada uno había respondido por su cuenta. Los participantes, situados en distintos puntos del arco que va desde el centro hasta la izquierda –como Clinton, Schröder, Jospin, el sudafricano Mbeki o el argentino De la Rúa–, llegaron a dos conclusiones principales. Una, que es necesario recuperar el papel de la política para ejercer un control democrático de la globalización. Y dos, que el objetivo de ésta regulación política es evitar los riesgos de exclusión y de aumento de la desigualdad que la globalización trae consigo.

Como sabemos, desde que se empezó a hablar de la globalización –después de la caída del muro de Berlín– su desarrollo ha venido guiado casi exclusivamente por las fuerzas económicas, y más en concreto por los mercados financieros y sus actores, que son quienes, de facto, han estado determinando las normas que rigen la sociedad internacional hoy por hoy. Por esto se diría que la cita berlinesa puede ser vista como un paso en la configuración de una voluntad política común a escala internacional, que permita compensar o contrarrestar la lógica económica común que desde hace años vienen exhibiendo los actores económicos, ya sean las multinacionales o los grandes inversores. Una voluntad política común basada quizás sólo en un mínimo común denominador, que podría resumirse así: “más política, y no menos.”

Por las mismas fechas, dos ausentes en Berlín: el presidente español, José María Aznar, y el primer ministro británico, Tony Blair, publicaron un artículo conjunto en las páginas de este periódico (13 de junio de 2000) bajo el título “El crecimiento, objetivo esencial para Europa”. El tono del artículo era muy otro del que desprendían las conclusiones de Berlín. De hecho, más bien parece que su lema fuera: “menos política, y no más.”

Dicen los autores: «El papel de los gobiernos ha cambiado. No deben caer en el dirigismo ni tampoco sustituir al mercado. No deben interferir en las decisiones comerciales ni imponer pesadas regulaciones económicas y sociales». Unas afirmaciones bastante inequívocas en su rechazo al rol de las instancias políticas y de la administración pública en la regulación de las actividades económicas. Más allá que, de entrada, sea muy discutible qué tipo de regulaciones gubernamentales impide el dinamismo económico y qué tipo lo favorece, la afirmación invita a la discrepancia no tan sólo por una cuestión de contenido, que también, sino de oportunidad. Porqué, como en Berlín, ahora es momento de resaltar más el déficit de regulación gubernamental o intergubernamental en el ámbito internacional, que no el supuesto exceso de regulación gubernamental a escala estatal.

También afirma el escrito que «el nuevo papel de los gobiernos es crear las condiciones para que las empresas puedan crear empleo». No es que la idea sea mala, pero da a entender que las instituciones democráticas y la administración pública en general sólo pueden tener un papel subsidiario respecto del mercado, es decir, que tienen que estar a su servicio, adaptándose exclusivamente a las necesidades empresariales. Parece querer que la política –y los propios gobiernos– sea una simple sirvienta de los mercados, adaptada exclusivamente a los imperativos de la competitividad.

Según ésta óptica, la eficacia económica sería la culminación de todos los fines requeridos por una sociedad. El tono de los articulistas parece indicar que los gobiernos sólo gobiernan para la economía, cuando en realidad tendrían que hacerlo para el conjunto de la sociedad. Ciertamente, el mercado requiere eficacia y competitividad por encima de todo. Pero si el mercado sólo tiene que regir la economía, y no la sociedad en su conjunto, y si el gobierno gobierna la sociedad y no sólo la economía, entonces o bien la receta de Aznar y Blair está equivocada o bien –y como mucho– no basta.

Lo peor no es que ésta visión mercantil de la sociedad sea un riesgo para la cohesión social y la justicia distributiva –a pesar de que los dos líderes vienen a decir precisamente todo lo contrario, afirmando que la competitividad garantiza el empleo y el empleo garantiza la cohesión social–. Lo peor es que esta visión, propia de un liberalismo reduccionista, obliga a los individuos, en el seno de la sociedad, a interactuar entre sí sólo en tanto que consumidores, y no en tanto que ciudadanos. Que el mercado sea necesario no significa que substituya la propia sociedad, porqué nunca podrá emular su capacidad de ser vivida como un proyecto común por parte de todos sus actores.

Blair y Aznar añaden: «En el pasado, hemos cometido demasiadas veces el error de intentar aplicar políticas sociales que creaban obstáculos para la expansión de las empresas y para la creación de empleo. Hemos aprendido de nuestros errores. Pensamos que es una aproximación equivocada y no queremos seguirla en el futuro». Sin negar que la afirmación de la primera frase pueda ser cierta en algunos casos, todavía es más cierto que, en general, las políticas sociales –las que han caracterizado el Estado del bienestar europeo de las últimas décadas– han tenido efectos más bien positivos para el crecimiento económico y para la creación de empleo, muy considerables en lo que a justicia social se refiere, y nada despreciables respecto de su capacidad de crecimiento. Y sin que esto signifique dejar de estar abiertos a plantear las reformas que se estimen necesarias en beneficio del conjunto.

Y ya a título de anécdota, no deja de ser curioso que sea precisamente un político del centro-derecha español quien pida disculpas por los excesos cometidos por la izquierda de la Europa democrática a lo largo de los últimos cincuenta años. Aunque, si se piensa bien, es muy de agradecer que la vida política nos depare, de vez en cuando, situaciones tan tiernamente surrealistas como ésta.

Publicat a El Mundo
(versió final)

14 de juny, 2000

Pensar el futur sense renúncies

El desacomplexament nacional espanyol, cuinat pels anys del PSOE al govern i ara servit fastuosament pel PP, està coincidint amb els intents de justificació del catalanisme polític sobre la seva existència i pervivència. S’ha tornat a caure en la lògica estatal que fa provincià pensar en la Catalunya nació al costat de l’Espanya orgullosa de si mateixa, sense tenir en compte Dinamarca o Suècia com a referents en molts sentits.

De fet, la lògica de l’Estat fonamenta la lògica d’actuació dels partits. Les organitzacions polítiques han de servir els interessos de les comunitats on es troben, i per això a totes les forces catalanes els costa ara, en un moment d’auge espanyol, trobar el seu lloc en una suposada “comunitat menor”. El PP es vol menjar l’espai de CiU amb Piqué i Birulés, cada cop més veus del PSOE reclamen la desaparició del PSC autònom i ja sabem què va passar amb el tàndem IU-IC.

I és que el catalanisme polític, un moviment que va néixer per defensar els interessos dels catalans que l’Estat ignorava i que ha reivindicat per a la societat catalana l’autogovern –amb diferents vies–, es troba avui atrapat. D’una banda, el seu crèdit de garantir la millora de les condicions de vida de la ciutadania, pot acabar sent avançat per una política intel·ligent dels poders espanyols; i d’una altra, la seva reivindicació nacional té problemes d’acceptació més enllà de la situació actual, perquè el prestigi espanyol li treu raó de ser. I per això ara es debat entre pragmatisme i idealisme, sense saber sortir del seu propi espiral.

Perquè, i si aquelles persones catalanes convençudes que l’espanyolitat i la catalanitat són complementàries fossin capaces de canviar el rumb estratègic del govern de l’Estat? És a dir, què passaria si l’Estat invertís a Catalunya el que li correspon, portés als nostres museus la part proporcional del que adquireixen a Madrid, eliminés els peatges de les nostres autopistes o fes un esforç per garantir la nostra competitivitat? I què passaria si això ho fes des dels ministeris espanyols, parlant en català amb un bilingüisme desacomplexat?

Dues demandes principals a Espanya fetes pel catalanisme polític: que no freni la nostra competitivitat i que accepti i promogui la nostra especificitat cultural, podrien ser acceptades pels poders espanyols i dutes a terme, sense haver de parlar de l’autogovern gaire més enllà de les altres comunitats autònomes.

Mentre tant, però, i paradoxalment, aquesta Espanya capdavantera no s’està dels seus tics nacionals cara enfora, igual com les altres comunitats polítiques. De fet, la reducció del pes dels Estats produïda per la globalització econòmica va a favor d’estructures supraestatals, però no els està eliminant com a unitats polítiques decisòries en darrer terme.

El mite de les latents nacions sense Estat que sorgiran algun dia és això, un mite, i que a més està absorbent totes les expectatives de futur del catalanisme. Potser hauríem d’entendre que ens trobem a l’extrem del procés històric que va crear el model d’Estat-nació en base a unitats que s’havien anat constituïnt i que avui s’ha universalitzat. L’Estat-nació sobirà, és cert, tendeix a desaparèixer, perquè el concepte de sobirania el manlleva la globalització. Però no desapareixen els Estats en tant que actors dins dels nous espais supranacionals regionals com comença a ser la Unió Europea.

Alhora, paradoxalment, cada cop són més necessàries estructures de governabilitat mundials, perquè la globalització demana regular progressivament des de la defensa dels Drets Humans –el precedent de Pinochet ha estat essencial– fins, d’alguna mesura, els sistemes econòmics –per evitar crisis com l’asiàtica. I és en aquest marc que nosaltres, com a comunitat nacional, hem de clarificar quin rol hi volem jugar.

Només es poden millorar les condicions de vida de la ciutadania quan es tenen competències, capacitat de decisió. Fer propostes de millora significa tenir projecte de societat, i saber gestionar el poder polític des de l’equilibri dels interessos de la pròpia comunitat i dels del conjunt de la societat mundial.

Avui, els reptes mediambientals, de seguretat, de desenvolupament i benestar o de progrés econòmic tan sols poden ser tractats competentment des d’una òptica global. I en aquest escenari, seran dos tipus d’actors els qui hi podran fer aportacions: les comunitats nacionals –i els seus consorcis supranacionals– i la ciutadania. La resta seran més aviat assessors d’uns i d’altres. Insistir en l’escenari espanyol com l’únic on podem ser actors, per tant, és un acte de renúncia que com a generació no se’ns pot demanar.

Publicat al diari Avui

06 de maig, 2000

Marcar-nos les pròpies fites

En Josep Piqué té raó. En aquest país hi ha persones que senten que el seu projecte polític col·lectiu és estrictament Catalunya, i n’hi ha d’altres que senten que el projecte polític de Catalunya passa per Espanya. És un absurd negar-ho, i fins i tot ho és establir la ratlla dels “bons” i dels “mals” catalans respecte aquest sentiment.

El catalanisme polític, però, es troba desorientat en constatar que la direcció en què anava ja no funciona. Espanya va bé, molt bé. A banda de les reflexions sobre les mancances en el model d’Estat de benestar, ser espanyol, avui, és positiu. No cal estendre-s’hi. De manera distinta, l’Andreu Claret i en Francesc-Marc Àlvaro en parlaven recentment als seus articles. Però llavors, què succeeix amb els qui no ens sentim espanyols?

Les identitats nacionals són complexes, i responen a elements diversos. La qüestió és que a Catalunya un segment de la població que no es sent espanyola, i que creu que el seu projecte polític col·lectiu com a país no passa per Espanya, no sap com reaccionar davant d’una espanyolitat renovada, sana, lluent, digna i prestigiosa. Una espanyolitat que encara té tics “antipluralistes” a espais com l’exèrcit o el poder judicial, però sabedora que igual com s’ha avançat en altres àmbits, en aquests tan sols serà qüestió de temps.

L’astorament és dels qui veiem en la catalanitat una identitat del mateix nivell –i per tant, distint– que l’espanyola, i no d’un nivell inferior. Perquè la complexitat del joc d’identitats pot acabar fent que aquesta situació conceptual d’igualtat esdevingui, per raons molt diverses, de subordinació. En efecte, l’element clau és el nivell que es vol que tingui la identitat catalana en el concert mundial, i el projecte o projectes polítics que en resulten –federalisme, estatut especial, separació... És a dir, si considerem la comunitat catalana com a part de les peculiaritats regionals de les nacions, o si la considerem una nació més.

La situació actual no té res a veure amb aquella de 1939 en què els tancs franquistes entraven per la Diagonal. Avui rebutjar l’exèrcit per espanyol, quan els uniformes de la selecció espanyola de futbol esdevenen roba habitual de gent jove catalana, es fa difícil. Els canvis dels darrers vint anys en els signes d’identitat espanyola fan innòcues les reaccions que als vuitanta tenien èxit al carrer. El que diu l’alcalde Clos ho pensa molta gent: aquest exèrcit és el que ha fet les missions humanitàries amb els cascos blaus, no el que va envair Catalunya. I la majoria de gent que s’oposarà a la desfilada ho farà més per antimilitarisme que pel gastat antiimperialisme espanyol.

Davant de tot això, com deia, ens queda plantejar-nos la pregunta de què succeeix amb els qui no ens sentim espanyols. Possiblement ens hem acostumat amb massa comoditat a demanar respostes i a exigir responsabilitats sobre el nostre futur a la generació que va heretar la Catalunya desfeta del 39, la generació que es va marcar fites mirant-se les runes des del turó, a l’altra banda del riu.

He de dir que m’oposo a aquesta pràctica. Renuncio a aquesta demanda constant de responsabilitats. En la història col·lectiva d’un poble, a cada generació li toca assumir els reptes que es vol marcar. No vull dependre de l’actuació dels qui ja han dut el país el més avant que han pogut i que han sabut. Els donarem les gràcies per la feina feta, demanarem que no ens facin combregar amb les seves dimissions i serem nosaltres, ara, els qui haurem de marcar-nos les pròpies fites col·lectives.

Haurem d’entendre que el país el composen persones que pensen de manera diferent, i no oblidar la premissa que el projecte haurà de ser per a totes elles. Josep Piqué, que ara representa Espanya davant del món, fa una aposta política per una espanyolitat en què la catalanitat s’hi encabeixi còmodament. I avui persones de la seva generació o més grans, des de molt diversos partits de Catalunya, pensen –tot i que amb matisos– el mateix. No és cert que des d’aquesta òptica no es pugui servir els interessos dels catalans, i una bona gestió pot acabar d’enfonsar l’argument ja gastat.

Millorar les condicions de vida dels ciutadans és l’objectiu de totes les formacions polítiques; el repte dels qui discrepem de la via espanyola serà saber explicar el perquè del nostre projecte diferenciat i les raons que ens duen a propugnar que som una societat prou madura com per autogovernar-se, que significa prendre les pròpies decisions com a col·lectiu sense que d’altres les prenguin per nosaltres, i que vol dir a més contribuir solidàriament, però no en segona fila, en el projecte comú de la humanitat.

Per seguir en aquesta línia ja no ens serveix debatre qui defensa els interessos dels catalans. L’Onze de Setembre de 1977 jo tenia sis anys, i ara potser ja cal reelaborar el nostre discurs entenent els canvis que s’han produït des de llavors. El marc plurinacional que als anys trenta era l’ideal de la Confederació Ibèrica avui, per a nosaltres, és la Unió Europea. Potser sí que ens agradaria dir-nos espanyols, o suecs, o nord-americans. Però volem tenir el dret a poder somriure quan ens preguntin “d’on sou?” i no haguem d’amagar-nos la identitat. Per a assolir-ho, haurem de generar un nou sentiment de projecte col·lectiu i, especialment –i potser serà el més important–, actuar amb coherència.

Publicat al diari Avui