24 de juliol, 2000

Más política, y no menos, para construir Europa (Escrit amb Toni Comín)

La reciente cumbre informal de gobernantes de centro-izquierda de varios países del mundo en Berlín, el pasado mes de junio, mostró el inicio de una toma de postura global y activa por parte del mundo político ante el proceso de globalización económica, al cual por ahora cada uno había respondido por su cuenta. Los participantes, situados en distintos puntos del arco que va desde el centro hasta la izquierda –como Clinton, Schröder, Jospin, el sudafricano Mbeki o el argentino De la Rúa–, llegaron a dos conclusiones principales. Una, que es necesario recuperar el papel de la política para ejercer un control democrático de la globalización. Y dos, que el objetivo de ésta regulación política es evitar los riesgos de exclusión y de aumento de la desigualdad que la globalización trae consigo.

Como sabemos, desde que se empezó a hablar de la globalización –después de la caída del muro de Berlín– su desarrollo ha venido guiado casi exclusivamente por las fuerzas económicas, y más en concreto por los mercados financieros y sus actores, que son quienes, de facto, han estado determinando las normas que rigen la sociedad internacional hoy por hoy. Por esto se diría que la cita berlinesa puede ser vista como un paso en la configuración de una voluntad política común a escala internacional, que permita compensar o contrarrestar la lógica económica común que desde hace años vienen exhibiendo los actores económicos, ya sean las multinacionales o los grandes inversores. Una voluntad política común basada quizás sólo en un mínimo común denominador, que podría resumirse así: “más política, y no menos.”

Por las mismas fechas, dos ausentes en Berlín: el presidente español, José María Aznar, y el primer ministro británico, Tony Blair, publicaron un artículo conjunto en las páginas de este periódico (13 de junio de 2000) bajo el título “El crecimiento, objetivo esencial para Europa”. El tono del artículo era muy otro del que desprendían las conclusiones de Berlín. De hecho, más bien parece que su lema fuera: “menos política, y no más.”

Dicen los autores: «El papel de los gobiernos ha cambiado. No deben caer en el dirigismo ni tampoco sustituir al mercado. No deben interferir en las decisiones comerciales ni imponer pesadas regulaciones económicas y sociales». Unas afirmaciones bastante inequívocas en su rechazo al rol de las instancias políticas y de la administración pública en la regulación de las actividades económicas. Más allá que, de entrada, sea muy discutible qué tipo de regulaciones gubernamentales impide el dinamismo económico y qué tipo lo favorece, la afirmación invita a la discrepancia no tan sólo por una cuestión de contenido, que también, sino de oportunidad. Porqué, como en Berlín, ahora es momento de resaltar más el déficit de regulación gubernamental o intergubernamental en el ámbito internacional, que no el supuesto exceso de regulación gubernamental a escala estatal.

También afirma el escrito que «el nuevo papel de los gobiernos es crear las condiciones para que las empresas puedan crear empleo». No es que la idea sea mala, pero da a entender que las instituciones democráticas y la administración pública en general sólo pueden tener un papel subsidiario respecto del mercado, es decir, que tienen que estar a su servicio, adaptándose exclusivamente a las necesidades empresariales. Parece querer que la política –y los propios gobiernos– sea una simple sirvienta de los mercados, adaptada exclusivamente a los imperativos de la competitividad.

Según ésta óptica, la eficacia económica sería la culminación de todos los fines requeridos por una sociedad. El tono de los articulistas parece indicar que los gobiernos sólo gobiernan para la economía, cuando en realidad tendrían que hacerlo para el conjunto de la sociedad. Ciertamente, el mercado requiere eficacia y competitividad por encima de todo. Pero si el mercado sólo tiene que regir la economía, y no la sociedad en su conjunto, y si el gobierno gobierna la sociedad y no sólo la economía, entonces o bien la receta de Aznar y Blair está equivocada o bien –y como mucho– no basta.

Lo peor no es que ésta visión mercantil de la sociedad sea un riesgo para la cohesión social y la justicia distributiva –a pesar de que los dos líderes vienen a decir precisamente todo lo contrario, afirmando que la competitividad garantiza el empleo y el empleo garantiza la cohesión social–. Lo peor es que esta visión, propia de un liberalismo reduccionista, obliga a los individuos, en el seno de la sociedad, a interactuar entre sí sólo en tanto que consumidores, y no en tanto que ciudadanos. Que el mercado sea necesario no significa que substituya la propia sociedad, porqué nunca podrá emular su capacidad de ser vivida como un proyecto común por parte de todos sus actores.

Blair y Aznar añaden: «En el pasado, hemos cometido demasiadas veces el error de intentar aplicar políticas sociales que creaban obstáculos para la expansión de las empresas y para la creación de empleo. Hemos aprendido de nuestros errores. Pensamos que es una aproximación equivocada y no queremos seguirla en el futuro». Sin negar que la afirmación de la primera frase pueda ser cierta en algunos casos, todavía es más cierto que, en general, las políticas sociales –las que han caracterizado el Estado del bienestar europeo de las últimas décadas– han tenido efectos más bien positivos para el crecimiento económico y para la creación de empleo, muy considerables en lo que a justicia social se refiere, y nada despreciables respecto de su capacidad de crecimiento. Y sin que esto signifique dejar de estar abiertos a plantear las reformas que se estimen necesarias en beneficio del conjunto.

Y ya a título de anécdota, no deja de ser curioso que sea precisamente un político del centro-derecha español quien pida disculpas por los excesos cometidos por la izquierda de la Europa democrática a lo largo de los últimos cincuenta años. Aunque, si se piensa bien, es muy de agradecer que la vida política nos depare, de vez en cuando, situaciones tan tiernamente surrealistas como ésta.

Publicat a El Mundo
(versió final)