29 de desembre, 2000

Catalanismo en tiempos de globalización

No hay duda de que Cataluña es hoy un escenario privilegiado de las demandas de acomodación nacional en los estados europeos. Por esto, los diferentes intentos de reformular el catalanismo político resultan especialmente interesantes también fuera de nuestro país.

Los veintidós años de Generalitat restablecida han servido para marcar unos mínimos compartidos en Cataluña: libertad política y autogobierno con Estatut. Incluso el PP catalán, procedente de una tradición distinta del resto de fuerzas políticas del Parlament, se refiere en algunos de sus nuevos documentos a los derechos colectivos de la ciudadanía catalana, asumiendo así el derecho al autogobierno.

Más que una obviedad, esto es la base que permite plantear si la acomodación de Cataluña en el marco estatal español es o no la idónea. Y plantear la acomodación de un colectivo nacional dentro de un estado es admitir, aunque sea implícitamente, la posibilidad que ésta no llegue a resolverse favorablemente.

El catalanismo político –ideología basada en la idea que la comunidad política catalana tiene derecho al autogobierno–, en sus distintas formas (autonomismo, converso o no; federalismo más o menos preciso; y independentismo europeísta), coincide en que España no puede considerarse una unidad nacional homogénea, sino que contiene comunidades nacionales como la catalana con derecho a autogobernarse.

Partiendo de este mínimo compartido, el catalanismo debería tener en cuenta el nuevo escenario político que supone la globalización al repensar sus rasgos de identidad, su propuesta política para la sociedad y sus posibilidades futuras de articulación, si no quiere plantear soluciones obsoletas.

La globalización presenta un escenario nuevo que entremezcla distintos ingredientes. Uno de ellos es la dificultad del poder político democrático para gobernar el mercado global, cuestión que comporta un aumento de las desigualdades sociales. Otro ingrediente es la renuncia de los estados a mantener tanto su soberanía y unidad cómo su cohesión cultural tras la impermeabilidad de sus fronteras.

A su vez, el reto que plantea la globalización es doble: cómo universalizar los logros sociales de las democracias liberales; y cómo hacerlo acomodando la pluralidad cultural de las mismas. Se trata, a mi entender, de dos retos en uno, que no debieran tomarse por separado porque ambas preguntas –cómo se gobierna lo económico y dónde reside el poder político– confluyen en la necesidad de crear un nuevo marco, ahora global, donde puedan convivir justicia y libertad.

Por todo esto, el catalanismo político se haría un pobre favor si intentara reformular sus propuestas sobre la base de parámetros ya antiguos. Tiene que tener en cuenta nuevas circunstancias como la interdependencia estatal de las políticas exterior, económica y de defensa; y elaborar alternativas a las estructuras internacionales que substituyen la democracia de los ciudadanos por la democracia de los estados –como es el caso europeo–, cuando no por las recetas de técnicos cualificados –como sucede en el FMI y el Banco Mundial.

Y es que si éste nuevo escenario pide un esfuerzo imaginativo a la ciencia política, vinculando teorías del Estado de bienestar y teorías del multiculturalismo, a su vez también pide a los actores políticos el esfuerzo de plantear nuevas soluciones en el ámbito global. Un esfuerzo que en el caso catalán podría aportar además nuevas soluciones a los interrogantes de las sociedades culturalmente plurales.

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