12 de desembre, 2000

El reto doble de la globalización

Con el desarrollo de la “globalización”, éste nuevo marco de relaciones económicas y sociales de nivel mundial, han entrado en crisis algunos de los identificadores de las democracias liberales extendidas en todo el mundo en los dos últimos siglos: la capacidad del poder político democrático de gobernar el mercado y, también, la capacidad de los Estados de mantener tanto la impermeabilidad de sus fronteras como su soberanía y unidad.

De hecho, los Estados donde se desarrollaron las democracias liberales consiguieron unos logros que hoy están en falso. Pongo tres ejemplos de ellos: el marco cohesionado garante de derechos sociales; la soberanía que tiene en el pueblo el máximo decisor; y la pervivencia de una determinada manera de ver el mundo.

La creación de un marco cohesionado, donde se daba la solidaridad del grupo para garantizar los derechos sociales de toda la comunidad, fue el logro que posibilitó el Estado del bienestar. Con la globalización, el marco pasa a ser más amplio –porque, como en el caso europeo, supera la nación–, las diferencias entre ricos y pobres más marcadas –riberas norte y sur del Mediterráneo– y la cohesión más relativa –por el multiculturalismo que generan las nuevas migraciones.

También fue un logro el establecimiento de un poder político surgido de la ciudadanía, representante de la máxima soberanía nacional mediante la participación democrática. En el nuevo escenario, la noción tradicional de soberanía ha quedado invalidada, y ni en política económica, ni en política de defensa, ni en política exterior, por poner los tres pilares de la soberanía, tienen hoy los Estados la última palabra: la han cedido a nuevas instancias muchas veces sin legitimidad democrática.

Y un logro supuso estructurar un modelo de comunidad política donde los elementos que identifican a la colectividad –lengua, cultura, símbolos,...– pervivieran en el tiempo si se mantenía la soberanía nacional. En cambio hoy, por una parte, la universalización del inglés en las nuevas tecnologías, así como de un determinado modelo cultural melting pot de raíz americana, pone en alerta hasta una cultura y lengua antaño tan poderosa como la francesa. Y por otra, las demandas de reconocimiento de naciones no acomodadas y de minorías culturales incomodan esa pervivencia antes garantizada.

La consecuencia más relevante de estos tres logros fue conseguir un espacio de convivencia justa en paz, porque las democracias liberales separan los poderes garantizando el cumplimento de la ley. No puede haber opresión, no puede haber injusticia social, no puede haber coartación de libertad. Y si las hay, la ley tiene que imponerse. Pero aún así, quedó un hueco por resolver: la regulación del reconocimiento y del autogobierno de las pluralidades culturales, un hueco provocado por la idea, hoy cada vez menos defendida, según la cual el Estado sería neutro en materia cultural –olvidando que decide lengua, símbolos, currículo escolar y ordenación territorial, por poner algunos ejemplos.

Pues bien, creo que el reto que nos plantea la globalización es doble: cómo universalizar los logros sociales de las democracias liberales, y cómo hacerlo acomodando la pluralidad cultural. Se trata, a mi entender, de dos retos en uno que no debieran de tomarse por separado, porque ambos –cómo se gobierna lo económico y dónde reside el poder político– responden a la necesidad de crear un nuevo marco, ahora global, donde puedan convivir justicia y libertad.

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